My teaching phylosophy

Este soberbio curso (Being a teacher) nos invita a reflexionar sobre muchas cuestiones de nuestra práctica docente. Entre ellas, una que considero crucial, que es definir nuestra VISIÓN DE LA EDUCACIÓN.

My teaching phylosophy

El propósito de la educación debería ser, desde mi punto de vista, y aunque suene a tópico, hacernos a todos más libres. Limitados por nuestras inclinaciones, preferencias y circunstancias, pero no sujetos a lo que otros decidan por nosotros o decidan hacernos pensar, porque nosotros no tenemos la capacidad de decidir. Y, en segundo lugar, y siguiendo con los deseos de año nuevo, hacer de este mundo un lugar mejor para todos (y no sólo los humanos).

Esto implica que en la escuela deben enseñarse tanto contenidos como actitudes y herramientas. Contenidos sobre el mundo que nos rodea – su estructura y funcionamiento, los valores que contiene y deben ser preservados, cómo nos afecta y le afectamos – y nosotros mismos – nuestra historia, nuestra cultura, de dónde procede nuestro modo de pensar, relacionarnos y actuar… Herramientas que nos permitan seguir aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida, que nos hagan basar nuestros actos en evidencias, huyendo de ideologías y pseudociencias que nos convierten en marionetas… Y valores, una educación completa como personas cabales, que han de pasar por la vida con el mayor bien posible pero causando el menor prejuicio (o el mayor beneficio) a los que le rodean.

Por tanto, resulta evidente que todos y cada uno de nosotros debería de tener acceso a la educación, al menos básica.

Creo, y así intento aplicarlo, que en el profesor reside la responsabilidad de transmitir todo esto a sus alumnos, y como depositario de esta gran responsabilidad debe preocuparse por formarse, actualizarse, y sobre todo mantener viva la ilusión. Pienso, sin embargo, que el profesor es humano al mismo nivel que sus estudiantes – con la única diferencia de la autoridad que le confiere su puesto de guía del proceso de enseñanza/ aprendizaje. Como tal, no debe dejar a un lado – es más, debe intentar integrarlo – la dimensión social y personal de sus alumnos. No hay razón para no entrar a clase con una sonrisa, entender que no todos tenemos siempre el día bueno, ser amable y respetuoso… y reconocerlo cuando se ha equivocado o cuando no sabe algo con certeza. La enseñanza funciona mucho mejor en un clima de confianza mutua y un ambiente positivo, cuando el estudiante no siente que se le está continuamente examinando y demostrando sus carencias, sino que nota que el profesor ha notado las posibilidades que hay dentro de él y quiere llevarlas lo más lejos posible.

Aunque no descubro con esto nada nuevo, he comprobado que es imprescindible plantear actividades variadas que puedan conectar con los intereses de todos, y comprobar cada poco tiempo (con preguntas que exijan reelaboración, establecer interrelaciones o aplicar a nuevas situaciones) que se va entendiendo lo que se ha planteado hasta el momento. Igualmente, animar a los alumnos a que expresen con sus palabras lo aprendido, haciéndolo suyo. El único conocimiento que perdura es el que se apoya e imbrica en los esquemas mentales previos (aprendizaje significativo).

Todo esto sin dejar de lado la disciplina, el rigor y la constancia, el gusto por el trabajo bien hecho y el esfuerzo por mantener la justicia y la equidad (evaluar objetivamente, de acuerdo a lo establecido). Y por supuesto aplicando a la propia labor la misma o más exigencia que se aplica a los estudiantes.

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